En este suplemento (31/5/26) leí con interés la entrevista de Daniel Dessein a Alberto Rojo, distinguido físico, escritor y músico tucumano, quien recientemente mereció el Doctorado Honoris Causa de la UNT. El título del texto es “El ateísmo es una actitud anticientífica”.
Presentaré algunas ideas de Rojo, que desarrollaré y examinaré más allá de sus breves palabras. Entiendo que Rojo acepta lo que llamaré ateísmos ante la ciencia o una pretensión científica, que sean particulares y precisos, por ej. la afirmación de literalistas bíblicos que afirmaron que nuestro planeta existió sólo desde hace 6.000 años, señala Rojo. Eso puede rechazarse como falso afrontando con calma la injusta pero inocua acusación de ateísmo.
Histórica y culturalmente, afirma Rojo, los pueblos e individuos han concebido y adorado diversas clases de divinidades -como el Dios cristiano, los dioses de una cultura africana politeísta, o el Dios de Spinoza, que se concebía como idéntico a la naturaleza y su orden racional demostrable-.
Si algún creyente afirma P “sólo la intervención divina explica que Carlos haya sobrevivido a tal o cual terrible accidente o enfermedad”, creo que Rojo le preguntaría a qué particular divinidad se refiere y cuál precisamente fue la intervención milagrosa -más o menos precisamente- en la ocasión. Si un médico -acusando al creyente de irracionalidad y anticiencia- precipitadamente rechazara P por falsa sin esperar las aclaraciones que pidió Rojo, se comportaría como un ateo, pero su ateísmo sería anticientífico, ya que P es una proposición demasiado vaga para ser comprendida científicamente, y verificada o falsada en el laboratorio, afirmaría Rojo.
Si ante el pedido de Rojo quien afirma P aclara (P’) que se refiere al Dios cristiano, pero acerca del modo milagroso de su acción responde “sólo Dios sabe”, creo que Rojo seguiría calificando al médico que rechaza inmediatamente P’, como ateo anticientífico, por las mismas razones que en el caso anterior. En la brevedad de la entrevista, Rojo no se detiene a dar ese ejemplo y su análisis, que son míos. Podríamos agregar que P y P’ no son proposiciones científicas, pero tampoco necesariamente anti-científicas, son no-científicas. Si el médico al escuchar P y P’ simplemente se encoge de hombros, o dice: “la ciencia actual no puede considerar P y P’ “, parece actuar razonablemente, pero si asevera precipitadamente “P y P’ son falsas, lo prueba la ciencia”, entonces sí sería un ateo anti-científico, coincidiríamos con Rojo. Si dijera, en cambio, “creo que P y P’ son falsas”, es un ateo común -o acaso un agnóstico-, no habla como hombre de ciencia.
Supongamos que ese médico es un cientificista que cree erróneamente que la ciencia puede conocer acerca de todo lo existente, natural o sobrenatural -probablemente negará la existencia de este segundo ámbito, y si considera no poder pronunciarse sobre lo divino etc., le llamamos agnóstico-.
Tal cientificismo está ya perimido, o casi. Históricamente, diversas religiones, ateísmos y agnosticismos impulsaron u obstaculizaron la ciencia. Esta sería metodológicamente atea al buscar fundamentos, estructuras, mecanismos causales exclusivamente materiales o naturales. Pero es metodológicamente agnóstica si se atiene sólo a los fenómenos para buscar relaciones, depurarlos de adherencias transempíricas dudosas o innecesarias, etc. Y religiosa, si busca órdenes racionales, armonías y simetrías, etc., como improntas del creador.
No es de extrañar que la lista de científicos creyentes, ateos o agnósticos sea, cada una, muy larga. Pero esas orientaciones metodológicas pueden encontrarse en un mismo hombre de ciencia, simultánea o sucesivamente. Ni qué decir en una misma comunidad científica. Pero el imperialismo de una de ellas sobre las restantes ilustra la violación de la norma de Peirce -a la vez gran científico y creyente del siglo XIX- “¡no bloquearás el camino de la investigación!” Así encontramos: los hierros candentes y hogueras reales o agitadas amenazantes por la Iglesia Católica contra librepensadores o copernicanos modernos; la bota materialista “dialéctica” de Stalin contra la genética moderna; o la exclusión del positivismo “agnóstico” de la explicación molecular del calor -y en muchos casos del psicoanálisis y el materialismo histórico-, a la vez que el sueño de una nueva Iglesia positivista -sobrevive un templo tal en Brasil- en que las imágenes de santos se reemplazarían por estatuas de científicos -agnósticos, suponemos-.
Desde este punto de vista amplio, no puede afirmarse que todo ateísmo fue o es anticientífico, como sugiere el título de Alberto Rojo.
Importante: así como las religiones, ateísmos y agnosticismos fecundaron (o no) a las ciencias, la relación inversa también aconteció y sigue viva. Las religiones son criaturas culturales e históricas. Hoy, me parece, las ciencias modifican a las religiones en sentido panteísta o panenteísta: Dios es pura naturaleza, o la contiene pero en parte la trasciende. Y la actual sociedad “líquida” (Bauman) favorece teologías procesualistas.
“Milagros”
Consideraré ahora la referencia central de Rojo a la relación ciencia-ateísmo, citando un breve pasaje de su texto: “Por otro lado, tenemos los misterios... La existencia de Dios es, finalmente, una pregunta abierta. Hoy no tengo manera de saberlo pero es una pregunta que no se puede clausurar. No sabemos si hay algo más allá del mundo físico. Lo que podríamos plantear y convertirlo en una pregunta contrastable, científica, es cómo actúa esa entidad en el mundo físico. Estoy bastante solo en mi posición pero creo que el ateísmo es una actitud anticientífica”.
Advertimos ahora que, en esta entrevista, a Rojo le interesaría rechazar por anticientífico no el ateísmo en general sino este ateísmo opuesto a una particular especulación teológico-cosmológica suya. Rojo no explica el pasaje, que permanece así oscuro para el lector común. Parece implicar una visión teísta o deísta: Dios creó el mundo, pero desde su separación -mayor en el deísmo- interviene en él. Se trataría de algo como esto: sea D, la divinidad en su separación del mundo M. No conocemos -quizá nunca conoceremos- las leyes de D en sí, pero podríamos conjeturar teorías T y leyes L sobre la acción de D sobre M. Teniendo ejemplos de algunas de esas intervenciones, podemos imaginar a qué leyes responden, y reunirlas en una o más teorías, y hacer nuevas predicciones. El problema es señalar tales ejemplos: ¿Podría ser uno de ellos el del milagro que salvó a Carlos de una muerte que la medicina actual habría considerado en principio segura?
Abreviando, si un tal “milagro” es objeto de dos muy diferentes programas (teórico-empíricos) de investigación en el sentido de Lakatos -epistemólogo húngaro del siglo XX-, el de la medicina actual y el que propone Rojo, ellos deberán dialogar y competir para ver cuál es más progresivo en desarrollar teorías y nuevas experiencias. Como suponemos que, adecuadamente dotadas de imágenes internas y externas del cuerpo de Carlos después de su accidente y “resurrección”, así, como en un período posterior, y acaso observaciones de su autopsia muy posterior, la medicina actual sube al ruedo con un bastante formidablemente progresivo -pero no omnisciente- programa de investigación. Como Rojo no hace este tipo de consideración, quizá su texto se refiere a intervenciones divinas de otro tipo, que no ejemplifica.
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Alan Rush
TUCUMÁN